En Ica, hablar de irrigación no es solo hablar de canales. Es hablar de un valle que se sostiene con agua superficial cuando el río responde, y con agua subterránea cuando el estiaje aprieta. Esa combinación permitió expandir agricultura y empleo, pero también nos dejó una lección dura: sin reglas claras y datos públicos, el crecimiento se vuelve frágil.
La Autoridad Nacional del Agua ha sido directa: el acuífero del Valle de Ica está sobreexplotado y requiere recuperación y manejo sostenible, con fiscalización y eficiencia. También se reporta el registro de 1,133 pozos en la región y una red piezométrica de 170 pozos con sensores para monitoreo, porque sin medición no hay control real.
La columna vertebral
La irrigación iqueña se entiende mejor cuando miramos el origen del agua. El sistema regulado desde las lagunas altoandinas y su conducción hacia el valle permite contar con caudales en momentos críticos. Esa infraestructura mayor no funciona sola: requiere mantenimiento, compuertas operativas, programación de descargas y coordinación real entre instituciones.
Ahí entra el rol del Proyecto Especial Tambo Ccaracochacomo (PETACC), operador hidráulico mayor, trabajando con la Autoridad Local del Agua (ALA) y las juntas de usuarios. Un ejemplo concreto es la apertura de compuerta del Sistema Hidráulico Choclococha tras trabajos de mantenimiento, en el marco del plan de descarga, y la definición de la distribución hacia comisiones específicas con criterios técnicos.
Donde se traba
El primer cuello de botella es la confianza. Cuando no hay información compartida y verificable, cada actor siente que “le quitan” lo suyo. Por eso el monitoreo del acuífero y la trazabilidad de pozos no son un detalle técnico: son la base para ordenar extracciones, frenar la informalidad y proteger el consumo humano sin destruir la producción.
El segundo cuello de botella es la continuidad operativa del sistema regulado. Una compuerta que no abre a tiempo o una descarga que no se coordina termina trasladando el costo al agricultor pequeño y mediano. En el agua, la buena gestión pública se mide en acuerdos que se cumplen en campo, no solo en comunicados.
Qué hacer en 2026
La ruta para Ica no es escoger entre tecnificación o recarga, entre agroexportación o consumo humano. La ruta es integrar el sistema: regular mejor, medir mejor y usar mejor. Eso implica fiscalización efectiva de pozos, sanción al uso ilegal y, sobre todo, metas públicas de eficiencia hídrica con seguimiento y resultados.
Y, al mismo tiempo, cuidar la infraestructura mayor y su gobernanza: mantenimiento programado, operación transparente de compuertas, distribución equitativa por comisiones y coordinación permanente entre PETACC, ALA y juntas de usuarios. Si en 2026 queremos seguridad hídrica de verdad, la irrigación de Ica debe dejar de ser un conjunto de obras y convertirse en una política pública con reglas, datos y cumplimiento.